Capítulo 23

Recibo el Título Universitario

   “Desconoces el libro de texto de Filosofía. Sin duda confías en una ‘intuición’ sin trabajo para aprobar los exámenes. Pero a menos que te apliques de una forma más académica, me encargaré de que no pases este curso”.

   El profesor D. C. Ghoshal del Serampore College se dirigía a mí con severidad. Si suspendía el examen escrito final de su asignatura, no tendría derecho a presentarme a los exámenes decisivos. Estos son formulados por la facultad de la Universidad de Calcuta, que cuenta al Serampore College entre sus centros filiales. Un estudiante indio que suspende una asignatura en los exámenes finales de la licenciatura, al año siguiente tiene que examinarse de nuevo de todas las asignaturas.

   Mis profesores del Serampore College generalmente me trataban con amabilidad, no exenta de cierta tolerancia simpática. “Mukunda está un poco borracho de religión”. Así catalogado, me evitaban con tacto la vergüenza de responder a preguntas en el aula; confiaban en los exámenes escritos finales para eliminarme de la lista de candidatos a la licenciatura. Su opinión había pasado a mis compañeros de estudios, quienes la expresaban en el apodo, “Monje Loco”.

   Tomé una ingeniosa medida para invalidar la amenaza del profesor Ghoshal de suspenderme en Filosofía. Cuando estaban a punto de hacerse públicos los resultados de los exámenes finales, pedí a un condiscípulo que me acompañara al despacho del profesor.

   “Ven, necesito un testigo”, le dije a mi compañero. “Me sentiré muy desilusionado si no logro ser más listo que el profesor”.

   El profesor Ghoshal meneó la cabeza cuando le pregunté la calificación que había dado a mi ejercicio.

   “No estás entre quienes han aprobado”, dijo triunfante. Buscó en una gran pila depositada sobre su escritorio. “Tu ejercicio no está aquí; en cualquier caso has suspendido por no presentarte al examen”.

   Me reí. “Señor, estuve allí. ¿Puedo revisar yo mismo el montón?”.

   El profesor, perplejo, me dio su permiso; encontré rápidamente mi ejercicio, del que había omitido cuidadosamente cualquier identificación excepto mi número de lista. Al no ser advertido por la “bandera roja” de mi nombre, el profesor había dado una calificación elevada a mis respuestas, aunque no estaban adornadas con citas del libro de texto1.

   Viéndose atrapado en mi ardid, murmuró, “¡De pura suerte!”. Añadió esperanzado, “Puedes estar seguro de que suspenderás en los exámenes finales de la licenciatura.

   Con respecto a las pruebas en las demás asignaturas, recibí alguna preparación, especialmente de mi querido primo y amigo Prabhas Chandra Ghose2, hijo de mi tío Sarada. Pasé penosamente, pero con éxito –con las calificaciones mínimas necesarias– todos los exámenes finales.

   En ese momento, tras cuatro años de facultad, tenía derecho a presentarme a los exámenes de la licenciatura. Sin embargo no pensaba utilizar ese privilegio. Los exámenes finales del Serampore College eran un juego de niños comparados con los duros exámenes que enviaría la Universidad de Calcuta para el título de licenciado. Mis visitas casi diarias a Sri Yukteswar me habían dejado muy poco tiempo para las aulas. ¡Era mi presencia, más que mi ausencia, lo que producía exclamaciones de asombro entre mis condiscípulos!

   Mi rutina diaria consistía en salir en bicicleta sobre las nueve y media de la mañana. En una mano llevaba una ofrenda para mi gurú, algunas flores cogidas en el jardín de la residencia Panthi. Recibiéndome afable, el Maestro solía invitarme a comer. Yo, invariablemente, aceptaba con prontitud, feliz de desterrar por un día el pensamiento de la facultad. Después de escuchar durante horas el incomparable flujo de sabiduría de Sri Yukteswar o de ayudar en los quehaceres del ashram, alrededor de medianoche me iba a regañadientes a la Panthi. De vez en cuando pasaba toda la noche con mi gurú, tan felizmente absorto en su conversación, que apenas me daba cuenta del momento en que la oscuridad se convertía en amanecer.

   Una noche, sobre las once, mientras me ponía los zapatos3 para salir hacia la residencia, el Maestro me preguntó serio.

   “¿Cuándo empiezan tus exámenes para la licenciatura?”.

   “Dentro de cinco días, señor”.

   “Espero que estés preparado”.

   Paralizado por el susto, me quedé con un zapato en el aire. “Señor”, protesté, “usted sabe que he pasado los días con usted en vez de hacerlo con los profesores. ¿Cómo voy a representar la farsa de aparecer por esos difíciles exámenes?”.

   Los ojos de Sri Yukteswar se encendieron mirándome fijamente. “Tienes que aparecer”. Su tono era fríamente perentorio. “No le daremos a tu padre y a tus familiares motivo para criticar tu preferencia por la vida del ashram. Prométeme tan solo que te presentarás a los exámenes; responde a las preguntas lo mejor que puedas”.

   Lágrimas incontrolables recorrieron mi rostro. Sentí que la orden del Maestro era poco razonable y que su interés era, cuando menos, tardío.

   “Me presentaré si lo desea”, dije entre sollozos. “Pero ya no hay tiempo para una preparación adecuada”. Murmuré entre dientes, “¡Rellenaré las hojas respondiendo a las preguntas con sus enseñanzas!”.

   Cuando al día siguiente entré en la ermita a la hora acostumbrada, presenté mi ramillete con cierta lúgubre solemnidad. Sri Yukteswar se rió de mi aire acongojado.

   “Mukunda, ¿te ha fallado alguna vez el Señor, en un examen o en cualquier otra cosa?”.

   “No, señor”, respondí con fuerza. Gratos recuerdos me inundaron vivificantes.

   “No la pereza, sino un ardiente celo por Dios te ha impedido buscar los honores académicos”, mi gurú sonreía con bondad. Después de un silencio, citó. “‘Buscad primero el reino de Dios y Su rectitud; y todo lo demás se os dará por añadidura’”4.

   Una vez más, como tantos miles de veces, sentí que en presencia del Maestro se me quitaba un peso. Cuando terminamos la comida, comíamos temprano, me sugirió que volviera a la Panthi.

   “Tu amigo Romesh Chandra Dutt, ¿vive todavía en la residencia?”.

   “Sí, señor”.

   “Ponte en contacto con él; el Señor le inspirará a ayudarte con los exámenes”.

   “Muy bien, señor; pero Romesh está especialmente ocupado. Es el primero de la clase y el curso es para él más duro que para los demás”.

   El Maestro hizo caso omiso de mi objeción. “Romesh encontrará tiempo para ti. Ahora márchate”.

   Regresé a la Panthi en bicicleta. La primera persona que encontré en el recinto de la residencia fue al estudioso Romesh. Como si tuviera todo el día libre, aceptó amablemente mi insegura petición.

   “Por supuesto, estoy a tu servicio”. Aquella tarde y las de los días siguientes pasó varias horas preparándome en las distintas asignaturas.

   “Creo que muchas preguntas de Literatura inglesa se centrarán en los recorridos de Childe Harold”, me dijo. “Tenemos que conseguir un atlas ahora mismo”.

   Corrí a casa de mi tío Sarada y pedí prestado un atlas. Romesh señaló en el mapa de Europa los lugares visitados por el romántico viajero de Byron.

   Algunos condiscípulos se habían reunido a nuestro alrededor para escuchar al profesor particular. “Romesh te aconseja mal”, comentó uno de ellos al terminar la sesión. “Generalmente sólo el cincuenta por cien de las preguntas se refieren a libros; la otra mitad trata sobre la vida de los autores”.

   Cuando a la mañana siguiente me senté para el examen de inglés, una primera mirada a las preguntas me hizo derramar lágrimas de gratitud, que mojaron el papel. El encargado de la clase se acercó a mi pupitre y se interesó amablemente por mí.

   “Mi gurú predijo que Romesh me ayudaría”, expliqué. ¡Mire; aquí, en la hoja de examen, están las preguntas exactas que dictó Romesh! Afortunadamente para mí, hay sólo unas pocas preguntas sobre autores ingleses, cuyas vidas, por lo que a mí concierne, están envueltas en profundo misterio!”.

   Cuando regresé a la residencia se armó un revuelo. Los chicos que habían criticado el método de preparación de Romesh me miraban con asombro, ensordeciéndome casi con las felicitaciones. Durante la semana de exámenes pasé muchas horas con Romesh, que formulaba las preguntas que en su opinión tenían más probabilidades de ser puestas por los profesores. Un día tras otro, las preguntas de Romesh aparecían casi exactas en las hojas de examen.

   Por la facultad circuló ampliamente la noticia de que estaba ocurriendo algo semejante a un milagro y que el éxito parecía seguro para el despistado “Monje Loco”. No hice nada por ocultar los hechos. Los profesores locales no tenían poder para cambiar las preguntas, que habían sido dispuestas por la Universidad de Calcuta.

   Al pensar en el examen de Literatura inglesa, una mañana me di cuenta de que había cometido un grave error. Una sección de las preguntas estaba dividida en dos partes, A o B y C o D. En vez de responder a una pregunta de cada parte, había contestado cuidadosamente a las dos preguntas del Grupo I y no había tenido en cuenta para nada el Grupo II. La mejor calificación que podría conseguir en ese ejercicio sería 33, tres puntos menos de la nota de aprobado, 36. Corrí al Maestro y le conté el problema.

   “Señor, he cometido un error imperdonable. No merezco las bendiciones divinas que recibo a través de Romesh; soy totalmente indigno de ellas”.

   “Ánimo, Mukunda”. El tono de Sri Yukteswar era ligero y despreocupado. Señaló hacia la azul bóveda celeste. “¡Es más fácil que el sol y la luna intercambien sus posiciones en el espacio, que tú no consigas el título!”.

   Dejé la ermita más tranquilo, aunque parecía matemáticamente inconcebible que yo aprobara. Miré aprensivo hacia el cielo una o dos veces; ¡el Señor del Día parecía sujeto con seguridad a su órbita habitual!”.

   Cuando llegué a la Panthi oí por casualidad el comentario de un condiscípulo: “Acabo de enterarme de que este año, por primera vez, la nota requerida para aprobar Literatura inglesa ha sido rebajada”.

   Entré en la habitación del chico a tal velocidad que me miró alarmado. Le pregunté con avidez.

   “Monje de pelo largo”, dijo riendo, “¿a qué viene ese repentino interés en cuestiones escolares? ¿Por qué gritas en el último momento? Pero es cierto que la nota de aprobado acaba de rebajarse a 33 puntos”.

   En dos saltos de felicidad llegué a mi habitación, donde me arrodillé y alabé la perfección matemática del Divino Padre.

   Todos los días me emocionaba con la conciencia de una presencia espiritual que sentía claramente que estaba guiándome a través de Romesh. Ocurrió un incidente significativo en relación con el examen de Bengalí. Romesh, que había prestado poca atención a esta asignatura, me llamó una mañana cuando ya salía de la residencia camino del aula de examen.

   “Romesh te llama”, me dijo un compañero con impaciencia. “No des la vuelta; llegaremos tarde al aula”.

   Sin tener en cuenta su consejo, regresé a la casa corriendo.

   “Generalmente los chicos bengalíes aprueban fácilmente el examen de bengalí”, me dijo Romesh. “Pero acabo de tener la corazonada de que este año los profesores se han propuesto masacrar a los estudiantes haciendo preguntas sobre nuestra Literatura antigua”. Entonces mi amigo resumió brevemente dos historias de la vida de Vidyasagar, un famoso filántropo.

   Di las gracias a Romesh y pedaleé rápidamente hacia el aula. Resultó que el ejercicio de bengalí tenía dos partes. La primera pregunta era: “Escribe dos ejemplos de las obras de caridad de Vidyasagar”. Mientras transfería al papel la sabiduría recientemente adquirida, susurré unas palabras de gratitud por haber atendido a la llamada de Romesh en el último minuto. Si hubiera sido un ignorante de los beneficios que Vidyasagar hizo a la humanidad (incluyéndome a mí), no hubiera aprobado el examen de Bengalí. Suspendiendo una asignatura, me hubiera visto obligado a examinarme de nuevo de todas las asignaturas al año siguiente. Esta claro que tal perspectiva era detestable.

   La segunda pregunta del ejercicio decía así: “Escribe un ensayo en Bengalí sobre la vida del hombre que más te haya inspirado”. Amable lector, no necesito informarte de a quién elegí para el tema. Mientras cubría página tras página de alabanzas a mi gurú, sonreía al comprender que la predicción que formulé entre dientes estaba haciéndose realidad: “¡Llenaré las hojas con sus enseñanzas!”.

   No me sentí inclinado a preguntar a Romesh sobre la asignatura de Filosofía. Confiando en mi larga preparación con Sri Yukteswar, dejé a un lado las explicaciones del libro de texto con total seguridad. La nota más alta de todos mis exámenes fue la de Filosofía. Las puntuaciones en las demás asignaturas rozaron justo el aprobado.

   Es un placer dejar constancia de que mi desinteresado amigo Romesh recibió su título cum laude.

   Mi padre estuvo muy sonriente durante la graduación. “Apenas puedo creer que hayas aprobado, Mukunda”, confesó. “Pasabas tanto tiempo con tu gurú”. Así pues, el Maestro había percibido correctamente la muda crítica de mi padre.

   Durante años dudé que llegaría el día en que vería las siglas A.B. a continuación de mi nombre. Rara vez utilizo el título sin pensar que fue un regalo divino, que se me otorgó por razones algo oscuras. A veces oigo a personas con un título universitario señalar que son muy escasos los conocimientos aprendidos apresuradamente que han retenido tras la graduación. Esta confesión me consuela un poco de mis indudables deficiencias académicas.

   El día que recibí el título de la Universidad de Calcuta me arrodillé a los pies de mi gurú y le di las gracias por todas las bendiciones que fluían desde su vida a la mía.

“Levántate Mukunda”, dijo indulgente. “Sencillamente al Señor le resultó más cómodo que tú te graduaras ¡que cambiar la posición del sol y la luna!”.

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1 Debo hacer al profesor Ghoshal la justicia de admitir que la tirante relación que existía entre nosotros no se debía a ningún error por su parte, sino únicamente a mis ausencias de clase y a mi falta de atención cuando asistía a ellas. El profesor Ghoshal era, y es, un notable orador con un vasto conocimiento en Filosofía. Años más tarde llegamos a un cordial entendimiento. Volver

2 Aunque mi primo y yo tenemos el mismo apellido Ghosh, Prabhas tenía la costumbre de transliterar su nombre al inglés como Ghose; por eso aquí sigo su forma de escribirlo. Volver

3 En las ermitas indias un discípulo se quita siempre los zapatos. Volver

4 Mateo 6:33. Volver

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