Capítulo 22

El Corazón de una Imagen de Piedra

    “Como leal esposa hindú, no deseo quejarme de mi marido. Pero anhelo verle cambiar sus materialistas puntos de vista. Disfruta ridiculizando los cuadros de santos de mi sala de meditación. Querido hermano, tengo profunda fe en que puedes ayudarme. ¿Verdad?”.

   Mi hermana mayor, Roma, me miraba suplicante. Yo estaba haciéndole una corta visita en su casa de Calcuta, en Girish Bidyaratna Lane. Su súplica me conmovió, pues ella había ejercido una profunda influencia espiritual en mis primeros años y había intentado amorosamente llenar el vacío dejado en el círculo familiar por la muerte de mi madre.

   “Querida hermana, por supuesto haré cuanto pueda”. Sonreí, ansioso por disipar la tristeza visible en su rostro, en contraste con su usual expresión de calma y alegría.

   Roma y yo nos sentamos un momento en silenciosa oración, para ser guiados. Un año antes, mi hermana me había pedido ser iniciada en Kriya Yoga, en el que estaba haciendo notables progresos.

   Una inspiración me embargó. “Mañana”, dije, “iré al templo de Dakshineswar. Por favor, ven conmigo y persuade a tu marido de que nos acompañe. Siento que en las vibraciones de ese lugar sagrado la Madre Divina tocará su corazón. Pero no le reveles nuestro propósito para que no se niegue a venir”.

   Mi hermana consintió esperanzada. A la mañana siguiente muy temprano me complació ver que Roma y su marido estaban listos para el viaje. Mientras nuestro coche de alquiler traqueteaba por Upper Circular Road hacia Dakshineswar, mi cuñado, Satish Chandra Bose, se divertía mofándose de los gurús espirituales del presente, pasado y futuro. Noté que Roma sollozaba silenciosamente.

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   “Hermana, ¡levanta el ánimo!”, susurré. “No des a tu marido la satisfacción de creer que tomamos sus burlas en serio”.

   “Mukunda, ¿cómo puedes admirar a esos charlatanes inútiles?”, estaba diciendo Satish. “La apariencia de un sadhu es repulsiva. O bien está tan delgado como un esqueleto o tan tremendamente gordo como un elefante!”.

   Me eché a reír. Mi amistosa reacción irritó a Satish; se retiró a un huraño silencio. Cuando nuestro coche entró en los terrenos de Dakshineswar, sonrió sarcásticamente.

   “Supongo que esta excursión es un ardid para reformarme”.

   Como me volví sin responder, me agarró por el brazo. “Joven Señor Monje”, dijo, “no olvide hacer los arreglos adecuados con las autoridades del templo para que nos proporcionen la comida del mediodía”.

   “Ahora voy a meditar. No te preocupes por la comida”, le contesté con rudeza. “La Madre Divina se ocupará de ella”.

   “No creo que la Madre Divina haga nada por mí. Pero te hago responsable de mi alimentación”. El tono de Satish era amenazador.

   Me dirigí solo hacia el pórtico de columnas que recorre la fachada del gran templo de Kali o Madre Naturaleza. Eligiendo un sitio a la sombra de los pilares, me acomodé en la postura de loto. Aunque sólo eran alrededor de las siete, el sol de la mañana pronto sería sofocante.

   El mundo se desvanecía a medida que entraba en el éxtasis de la devoción. Mi mente estaba concentrada en la Diosa Kali, cuya imagen en Dakshineswar había sido especial objeto de adoración por el gran maestro Sri Ramakrishna Paramhansa. En respuesta a sus angustiadas peticiones, con frecuencia la imagen de piedra de este templo había tomado forma viviente y había hablado con él.

   “Silenciosa Madre de corazón pétreo”, oré, “Tú te llenabas de vida a petición de Tu amado devoto Ramakrishna; ¿por qué no prestas también atención a los lamentos de este anhelante hijo Tuyo?”.

   Mi vehemente fervor aumentaba sin límites, acompañado por una paz divina. Pero cuando después de cinco horas, la Diosa, a quien estaba visualizando interiormente, no había respondido, me sentí levemente desalentado. A veces es una prueba de Dios diferir la satisfacción de las plegarias. Pero Él aparece finalmente al devoto que persiste, sea cual sea la forma que a éste le resulte querida. Un devoto cristiano ve a Jesús; un hindú contempla a Krishna o a la Diosa Kali o una expansiva Luz, si su veneración toma un giro impersonal.

   Abrí los ojos a regañadientes y vi que un sacerdote estaba cerrando las puertas del templo, de acuerdo con la costumbre del mediodía. Me levanté de mi retirado asiento en el techado pórtico abierto y caminé por el patio. Su suelo de piedra abrasaba bajo el sol del mediodía; mis pies descalzos se quemaban dolorosamente.

   “Madre Divina”, me quejé silenciosamente, “No has venido a mí en visión y ahora te ocultas en el templo, tras las puertas cerradas. Hoy quería ofrecerte una oración especial en nombre de mi cuñado”.

   Mi petición interior fue respondida instantáneamente. Primero descendió por mi espalda y bajo mis pies una deliciosa onda de frescor, que disipó toda incomodidad. A continuación, para mi sorpresa, el templo aumentó enormemente. Su gran puerta se abrió despacio, mostrando la figura de piedra de la Diosa Kali. Gradualmente se convirtió en una forma viva, que me saludaba con la cabeza, sonriente, emocionándome con una alegría indescriptible. Como por la acción de una jeringuilla mística, la respiración se retiró de mis pulmones; mi cuerpo quedó muy quieto, aunque no inerte.

   Le siguió una expansión extática de la conciencia. A mi izquierda podía ver claramente varios kilómetros del Ganges y, más allá del templo, todos los recintos de Dakshineswar. Los muros de los edificios espejeaban transparentes; a través de ellos observé a la gente que caminaba de un lado para otro a muchos metros de distancia.

   Aunque me encontraba en el estado sin respiración y mi cuerpo poseía una extraña quietud, podía mover libremente las manos y los pies. Durante varios minutos hice la prueba de abrir y cerrar los ojos; en cualquiera de los dos estados veía perfectamente todo el panorama de Dakshineswar.

   La visión espiritual, como rayos X, penetra la materia; el ojo divino es centro en todas partes, circunferencia en ninguna. Allí, de pie en el soleado patio, comprendí una vez más que cuando el hombre deja de ser un hijo pródigo de Dios, absorto en un mundo físico realmente soñado, tan sin base como una burbuja, vuelve a heredar sus reinos eternos. Si el “escapismo” es una necesidad del hombre, apretujado en su estrecha personalidad, ¿puede compararse ninguna evasión con la majestad de la omnipresencia?

   En mi sagrada experiencia en Dakshineswar, los únicos objetos que aumentaron extraordinariamente fueron el templo y la figura de la Diosa. Todo lo demás aparecía con sus dimensiones normales, aunque envuelto en un tenue halo de luz, blanca, azul y con los matices pastel de un arco iris. Mi cuerpo parecía estar hecho de sustancia etérea, listo para levitar. Totalmente consciente de lo material que me rodeaba, miré a mi alrededor y di algunos pasos, sin interrumpir la continuidad de la gozosa visión.

   De pronto, tras los muros del templo vislumbré a mi cuñado, que estaba sentado bajo las espinosas ramas de un sagrado árbol bel. Podía seguir sin esfuerzo el curso de sus pensamientos. Elevado en cierta medida por la sagrada influencia de Dakshineswar, su mente todavía sostenía reflexiones poco amables sobre mí. Me volví directamente hacia la gentil figura de la Diosa.

   “Madre Divina”, oré, “¿por qué no transformas espiritualmente al marido de mi hermana?”.

   La bella figura, hasta entonces en silencio, habló al fin: “¡Que tu deseo sea satisfecho!”.

   Miré a Satish feliz. Como si fuera instintivamente consciente de que estaba actuando algún poder espiritual, se levantó del suelo con resentimiento. Le vi correr por detrás del templo; se acercó a mí, blandiendo el puño.

   La visión que todo lo abarcaba desapareció. Ya no podía ver a la gloriosa Diosa; el imponente templo se redujo a su tamaño normal, sin transparencia. Mi cuerpo se abrasaba de nuevo bajo los inclementes rayos del sol. Salté a refugiarme en el pórtico, a donde Satish me persiguió con ira. Miré el reloj. Era la una; la visión divina había durado una hora.

   “Tú, pequeño inútil”, soltó mi cuñado, “has estado sentado con las piernas cruzadas y los ojos cruzados durante seis horas. He caminado arriba y abajo observándote. ¿Dónde está mi comida? El templo está cerrado; no se lo comunicaste a las autoridades; ¡nos hemos quedado sin comer!”.

   La exaltación que había sentido en presencia de la Diosa todavía vibraba en mi corazón. Me atreví a exclamar, “¡Madre Divina danos de comer!”.

   Satish estaba fuera de sí de rabia. “¡De una vez por todas”, gritó, “me gustaría ver a tu Madre Divina traernos aquí la comida sin previo aviso!”.

   Apenas había pronunciado estas palabras, cuando un sacerdote del templo cruzó el patio y se reunió con nosotros.

   “Hijo”, se dirigió a mí, “he observado tu rostro serenamente resplandeciente durante horas de meditación. Vi llegar a tu grupo esta mañana y sentí el deseo de apartar una buena ración de alimentos para vuestra comida. Va contra las reglas del templo dar de comer a quienes no lo han solicitado de antemano, pero he hecho una excepción por vosotros”.

   Le di las gracias y miré a Satish a los ojos. Estaba arrebatado de emoción, bajó la mirada con silencioso arrepentimiento. Cuando nos sirvieron una suculenta comida, que incluía mangos fuera de estación, me di cuenta de que el apetito de mi cuñado era escaso. Estaba abrumado, profundamente inmerso en el océano de los pensamientos. En el viaje de regreso a Calcuta, Satish, con dulce expresión, me miraba de vez en cuando suplicante. Pero no dijo una sola palabra desde el momento que el sacerdote, como si respondiera directamente al desafío de Satish, apareció para invitarnos a comer.

   Al día siguiente fui a visitar a mi hermana. Me recibió cariñosamente.

   “Querido hermano”, exclamó, “¡qué milagro! Esta noche mi marido lloró abiertamente delante de mí.

   “‘Amada devi’,1 dijo, ‘no puedo expresar lo feliz que me siento de que el plan de reforma de tu hermano haya producido una transformación. Voy a deshacer todo el mal que te he hecho. Desde esta noche utilizaremos la habitación grande, de matrimonio, como lugar de culto; tu pequeña habitación de meditación pasará a ser nuestro dormitorio. Siento sinceramente haber ridiculizado a tu hermano. Por mi vergonzoso comportamiento, me castigaré a no hablar con Mukunda hasta que haya progresado en el sendero espiritual. Desde ahora buscaré profundamente a la Madre Divina; ¡estoy seguro de que algún día La encontraré!’”.

   Años más tarde visité a mi cuñado en Delhi. Me llenó de alegría ver que había desarrollado una elevada autorrealización y había sido bendecido con la visión de la Madre Divina. Durante mi estancia, me di cuenta de que Satish pasaba en secreto la mayor parte de la noche en meditación divina, aunque sufría una grave enfermedad y durante el día estaba ocupado en la oficina.

   Me asaltó el pensamiento de que la vida de mi cuñado no sería larga. Roma debió leer mi mente.

   “Querido hermano”, dijo, “yo estoy bien y mi esposo está enfermo. Sin embargo, quiero que sepas que, como una esposa hindú entregada, iré la primera a la muerte.2 No falta mucho para que yo fallezca”.

   Desconcertado por sus inquietantes palabras, sentí sin embargo la herida de su verdad. Estaba en América cuando murió mi hermana, alrededor de un año después de su predicción. Mi hermano más joven, Bishnu, me dio más tarde los detalles.

   “Roma y Satish estaban en Calcuta cuando ella murió”, me contó Bishnu. “Aquella mañana ella se vistió con su ajuar de novia.

   “‘¿A qué viene ese traje especial?’ preguntó Satish.

   “‘Éste es mi último día de servirte en la tierra’, contestó Roma. Poco después sufrió un ataque al corazón. Como su hijo estaba apresurándose en buscar ayuda, le dijo:

   “‘Hijo, no me dejes. No sirve de nada; me habré ido antes de que llegue el doctor’. Diez minutos más tarde, agarrada a los pies de su esposo en señal de reverencia, Roma dejó su cuerpo conscientemente, feliz y sin sufrimiento.

   “Satish se hizo un solitario tras la muerte de su esposa”, continuó Bishnu. “Un día estábamos los dos mirando una fotografía de Roma en la que tenía una gran sonrisa.

   “‘¿Por qué sonríes?’ exclamó de pronto Satish, como si su esposa estuviera presente. ‘Te crees muy lista porque te las arreglaste para irte antes que yo. Te demostraré que no puedes estar mucho tiempo sin mí; pronto me reuniré contigo’.

   “Aunque por entonces Satish se había recuperado totalmente de su enfermedad y gozaba de excelente salud, murió sin causa aparente poco después de su extraño comentario delante de la fotografía”.

   Así murieron, proféticamente, mi hermana mayor, Roma, y su esposo Satish, quien en Dakshineswar pasó de ser un hombre de mundo corriente a un silencioso santo.

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1 Diosa. Volver

2 La esposa hindú cree que morir antes que su marido es un signo de avance espiritual, como prueba de su leal servicio a él o “morir con las botas puestas”. Volver

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