Capítulo 21

Visitamos Cachemira

   “Ya estás lo suficientemente fuerte para viajar. Te acompañaré a Cachemira”, me informó Sri Yukteswar dos días después de recuperarme milagrosamente del cólera.

   Aquella tarde nuestro grupo de seis tomó el tren para el Norte. Viajábamos sin prisa y nuestra primera parada fue Simla, la regia ciudad que descansa en el trono de las colinas del Himalaya. Paseamos tranquilamente por las empinadas calles, admirando las magníficas vistas.

   “Vendo fresas inglesas”, gritaba una anciana sentada en cuclillas en un pintoresco mercado al aire libre.

   El Maestro sintió curiosidad por las extrañas frutitas rojas. Compró una cesta y nos ofreció a Kanai y a mí, que estábamos cerca. Probé una baya, pero la escupí a toda prisa en el suelo.

   “Señor, ¡qué fruta tan ácida! ¡Jamás me gustarán las fresas!”.

   Mi gurú se rió. “Oh, te gustarán, en América. Durante una cena tu anfitriona te las servirá con azúcar y nata. Después de que ella estruje las bayas con un tenedor, las probarás y dirás: ‘¡Qué fresas tan deliciosas!’. Entonces recordarás este día en Simla”.

   El vaticinio de Sri Yukteswar desapareció de mi mente, pero reapareció muchos años más tarde, poco después de mi llegada a América. Estaba cenando, invitado en casa de la señora Alice T. Hasey (Hermana Yogmata), en West Somerville, Massachusetts. Cuando trajeron a la mesa fresas como postre, mi anfitriona cogió su tenedor y estrujó las bayas, añadiendo nata y azúcar. “Es una fruta bastante agria; creo que le gustará preparada así”, observó.

   Tomé un bocado. “¡Qué fresas tan deliciosas!”, exclamé. Inmediatamente, desde las insondables cavernas de la memoria, emergió la predicción de mi gurú en Simla. Quedé pasmado al comprender que, hacía mucho tiempo, la mente de Sri Yukteswar, sintonizada con Dios, había captado con total sensibilidad el programa de acontecimientos kármicos que vagaba por el éter del futuro.

   Nuestro grupo dejó pronto Simla y tomó el tren para Rawalpindi. Allí alquilamos un amplio landó, tirado por dos caballos, con el que iniciamos un viaje de siete días a Srinagar, capital de Cachemira. El segundo día de nuestro viaje hacia el Norte nos trajo la vista de la auténtica inmensidad del Himalaya. Mientras las ruedas de hierro de nuestro coche chirriaban a lo largo de las calurosas carreteras empedradas, nosotros quedábamos embelesados por las cambiantes perspectivas de las grandiosas montañas.

   “Señor”, dijo Auddy al Maestro, “estoy disfrutando enormemente de estos gloriosos panoramas en su sagrada compañía”.

   Sentí un latido de placer ante la apreciación de Auddy, ya que yo actuaba como anfitrión del viaje. Sri Yukteswar captó mi pensamiento; se volvió hacia mí y susurró:

   “No te sientas halagado; Auddy no está tan hechizado con el paisaje como con la perspectiva de dejarnos durante un tiempo suficientemente largo como para fumar un cigarro”.

   Sentí una sacudida. “Señor”, dije en voz baja, “por favor, no rompa nuestra armonía con esas desagradables palabras. No puedo creer que Auddy esté anhelando fumar”1. Miré con aprensión a mi, normalmente, irrefrenable gurú.

   “Muy bien; no le diré nada a Auddy”. Pero enseguida verás, cuando se detenga el landó, que Auddy aprovecha la oportunidad rápidamente”.

   El coche llegó a un pequeño caravasar. Mientras nuestros caballos eran conducidos a beber, Auddy preguntó, “Señor, ¿le importa si me alejo por el río? Me gustaría respirar un poco al aire libre”.

   Sri Yukteswar le dio permiso, pero me comentó, “Lo que él quiere es humo fresco, no aire fresco”.

   El landó reanudó su ruidosa marcha por las carreteras polvorientas. Los ojos del Maestro brillaban; me indicó, “Estira el cuello por la puerta del coche y mira qué hace Auddy con el aire”.

   Obedecí, quedé asombrado al ver a Auddy fabricando anillos con el humo del cigarro. Miré a Sri Yukteswar pidiéndole disculpas con los ojos.

   “Tenía usted razón, señor, como siempre. Auddy está disfrutando del panorama de echar humo”. Supuse que mi amigo había recibido un regalo del conductor del cabriolé; sabía que Auddy no había traído cigarrillos de Calcuta.

   Continuamos nuestro laberíntico camino, adornado con vistas de ríos, valles, escarpados peñascos y numerosísimos niveles de montañas. Por las noches nos deteníamos en posadas rústicas y preparábamos nuestros propios alimentos. Sri Yukteswar tuvo especial cuidado con mi dieta, insistiendo en que tomara zumo de lima en todas las comidas. Todavía estaba débil, pero cada día mejoraba, a pesar de que el traqueteante coche estaba estrictamente diseñado para la incomodidad.

   Nuestro corazón se llenaba de felices expectativas a medida que nos acercábamos a la Cachemira central, tierra paradisíaca de lagos de lotos, jardines flotantes, casas flotantes alegremente entoldadas, el Río Jhelum de los numerosos puentes y pastos tapizados de flores, todo circundado por la majestuosidad del Himalaya. La llegada a Srinagar fue por una avenida de altos y acogedores árboles. Alquilamos habitaciones en una posada de dos pisos que miraba hacia las imponentes montañas. No había agua corriente; sacábamos la que necesitábamos de un pozo cercano. En verano el tiempo es ideal, con días cálidos y noches ligeramente frías.

   Hicimos una peregrinación al antiguo templo de Swami Shankara en Srinagar. Mientras miraba hacia la ermita situada en la cúspide de la montaña, atrevidamente erguida contra el cielo, entré en un trance extático. Tuve la visión de una mansión en lo alto de una colina, en un país lejano. El altivo ashram de Shankara que tenía ante mí, se transformó en la estructura en la que, años después, establecí la sede central de Self-Realization Fellowship en América. Cuando visité Los Ángeles por primera vez y vi el gran edificio en la cima de Mount Washington, lo reconocí inmediatamente como el de mis antiguas visiones en Cachemira y otros lugares.

   Algunos días en Srinagar; después Gulmarg (“senderos de montaña floridos”), a mil ochocientos metros de altitud. Allí monté por primera vez un caballo grande. Rajendra montó un pequeño caballo trotón, cuyo corazón estaba incendiado por la ambición de correr. Nos aventuramos hacia el escarpadísimo Khilanmarg; el sendero discurría entre densos bosques, abundantes en setas de árbol, donde los caminos envueltos en niebla eran precarios. Pero el pequeño animal de Rajendra no dejaba a mi descomunal corcel un momento de descanso, ni siquiera en las curvas más peligrosas. Adelante, adelante, allá iba el incansable caballo de Rajendra, olvidado de todo salvo del deleite de la competición.

   Nuestra agotadora carrera fue premiada con un panorama que quitaba la respiración. Por primera vez en esta vida, contemplé en todas direcciones los sublimes casquetes de hielo del Himalaya, extendiéndose plano tras plano como siluetas de inmensos osos polares. Mis ojos fueron jubilosamente agasajados con una interminable sucesión de montañas heladas contra resplandecientes cielos azules.

   Me eché a rodar alegremente con mis jóvenes compañeros, todos llevábamos abrigo, por las centelleantes pendientes blancas. En nuestro viaje de descenso vimos a lo lejos una gran alfombra de flores amarillas, que transfiguraban por completo las inhóspitas colinas.

   Nuestras siguientes excursiones fueron a los famosos “jardines de recreo” reales del Emperador Jehangir, a Shalimar y a Nishat Bagh. El antiguo palacio de Nishat Bahg está construido directamente sobre una cascada natural. Precipitándose desde las montañas, el torrente ha sido regulado con ingeniosas estratagemas para que fluya por terrazas llenas de colorido y se derrame en fuentes entre deslumbrantes lechos de flores. La corriente también entra en varias habitaciones del palacio, dejándose caer por último, como un hada, en un lago. Los inmensos jardines son un desenfreno de color, rosas de una docena de tonalidades, dragones, lavanda, pensamientos, amapolas. Filas simétricas de chinars2, cipreses, cerezos, construyen el perfil de un cierre esmeralda; más allá se levantan las blancas austeridades del Himalaya.

   Las uvas de Cachemira se consideran en Calcuta una rara delicia. Rajendra, que se había prometido un festín al llegar a Cachemira, quedó desilusionado al saber que no había viñedos. De vez en cuando yo le impacientaba en broma sobre sus expectativas sin base.

   “¡Oh, me he atracado de uvas de tal forma que no puedo andar!”, le decía. “¡Las uvas invisibles están elaborándose dentro de mí!”. Más tarde supe que en Kabul, al Oeste de Cachemira, crecen abundantemente uvas dulces. Nos consolamos con un helado hecho de rabri, una leche muy condensada y con pistachos.

   Hicimos varios viajes en las shikaras o casas flotantes, a la sombra de los toldos bordados de rojo, por los intrincados canales del Lago Dal, una red de canales que parece una telaraña de agua. Las numerosas huertas flotantes, toscamente improvisadas con ramas y tierra, causan asombro, tan incongruente resulta al principio ver hortalizas y melones creciendo en medio de las vastas aguas. De vez en cuando se ve a un campesino, que desdeña estar “arraigado a la tierra”, remolcar su cuadrada parcela de “terreno” a un nuevo lugar en el lago de los muchos dedos.

   Este valle escalonado es un paradigma de todas las bellezas terrenales. La Dama de Cachemira está coronada de montañas, engalanada de lagos y calzada con flores. En los últimos tiempos, tras haber recorrido muchos países lejanos, comprendí por qué a Cachemira se le considera el lugar más pintoresco de la tierra. Posee algunos de los encantos de los Alpes Suizos, del Lago Lomond de Escocia y de los exquisitos lagos ingleses. Un americano que viaje por Cachemira verá muchas cosas que le recordarán la escabrosa grandiosidad de Alaska y de los Pikes Peak cerca de Denver.

   En un concurso de bellezas paisajísticas, otorgo el primer premio, o bien a los magníficos panoramas de Xochimilco, en Méjico, donde montañas, cielo y álamos se reflejan en miríadas de canales de agua entre los juguetones peces o a los lagos que semejan joyas de Cachemira, custodiados como bellas doncellas por la severa vigilancia del Himalaya. Estos dos lugares destacan en mi memoria como los más hermosos escenarios de la tierra.

   También me impresionaron cuando las contemplé por primera vez las maravillas del Parque Nacional de Yellowstone, el Gran Cañón del Colorado y Alaska. El Parque de Yellowstone es quizá la única región en donde pueden verse innumerables géiseres, lanzados hacia arriba, funcionando año tras año con la regularidad de un reloj. Sus charcas de ópalo y zafiro y sus manantiales de calientes aguas sulfurosas, sus osos y animales salvajes, nos hacen pensar que aquí la Naturaleza dejó una muestra de su creación inicial. Viajando por las carretas de Wyoming hacia el “Devil’s Paint Pot” de calientes lodos burbujeantes, con manantiales que borbotean, fuentes de vapor y géiseres que brotan en todas direcciones, estoy dispuesto a afirmar que Yellowstone se merece el premio especial a la singularidad.

   Las antiguas y majestuosas secuoyas de Yosemite, que extienden sus enormes columnas hacia los cielos insondables, son verdes catedrales naturales, diseñadas con habilidad divina. Aunque en Oriente existen cataratas sorprendentes, ninguna es equiparable a la belleza torrencial de Niágara, cerca de la frontera canadiense. Las Mamoth Caves de Kentucky y las Carlsbad Caverns de Nuevo Méjico, con las coloreadas formaciones que parecen carámbanos, son lugares de ensueño que nos dejan pasmados. Sus largas agujas de estalactitas que cuelgan de los techos de la cueva y se reflejan en las aguas subterráneas, ofrecen una visión de otros mundos que parecen imaginados por el hombre.

   La mayoría de los hindúes de Cachemira, famosos en el mundo por su belleza, son tan blancos como europeos y tienen rasgos y estructura ósea similar; muchos tienen ojos azules y pelo rubio. Vestidos con ropas occidentales, parecen americanos. El frío Himalaya protege a los cachemires del sol sofocante y conserva su fino cutis. Cuando se viaja hacia el Sur, a las latitudes tropicales de la India, se ve que la gente es cada vez más oscura.

   Después de pasar unas semanas felices en Cachemira, me vi obligado a regresar a Bengala para comenzar el curso en el Serampore College. Sri Yukteswar se quedó en Srinagar con Kanai y Auddy. Antes de marcharme, el Maestro insinuó que su cuerpo estaría expuesto a sufrir en Cachemira.

   “Señor, es usted el retrato de la salud”, protesté.

   “Existe la posibilidad de que incluso deje este mundo”.

   “¡Guruji!”. Caí a sus pies con gesto implorante. “Por favor, prométame que no dejará su cuerpo por ahora. Yo no estoy de ningún modo preparado para seguir sin usted”.

   Sri Yukteswar guardó silencio, pero me sonrió tan compasivo que me sentí tranquilizado. Le dejé a regañadientes.

   “El Maestro peligrosamente enfermo”. Este telegrama de Auddy me llegó poco después de regresar a Serampore.

   “Señor”, telegrafié desesperadamente a mi gurú, “prométame que no me dejará. Por favor, mantenga su cuerpo; de lo contrario yo también moriré”.

   “Que sea como deseas”. Ésta fue la respuesta de Sri Yukteswar desde Cachemira.

   Unos días después llegó una carta de Auddy informando que el Maestro se había recuperado. Cuando regresó a Serampore, a la quincena siguiente, me afligió ver el cuerpo de mi gurú reducido a la mitad de su peso normal.

   Afortunadamente para sus discípulos, Sri Yukteswar quemó muchos de sus pecados en el fuego de la grave fiebre que padeció en Cachemira. Los yoguis altamente avanzados conocen el método metafísico de la transferencia física de las enfermedades. Un hombre fuerte puede ayudar a uno más débil a llevar un peso; un superhombre es capaz de reducir los fardos físicos o mentales de sus discípulos, compartiendo el karma de sus acciones pasadas. Tal como un hombre rico pierde algún dinero cuando salda las elevadas deudas de su hijo pródigo, que se salva así de las funestas consecuencias de sus locuras, un maestro sacrifica de buena gana parte de su salud corporal para aliviar el sufrimiento de sus discípulos3.

   Gracias a un método secreto, el yogui une su mente y su ser astral con quienes sufren; la enfermedad se transmite, totalmente o en parte, al cuerpo del santo. Habiendo cosechado a Dios en el campo físico, un maestro no se preocupa por lo que le suceda a esa forma material. Aunque puede permitirle experimentar determinada enfermedad para aliviar a otros, su mente no se ve afectada jamás; se considera a sí mismo afortunado por ser capaz de ofrecer tal ayuda.

   El devoto que ha alcanzado la salvación final en el Señor, comprende que su cuerpo ha cumplido totalmente su objetivo; entonces puede utilizarlo como crea adecuado. Su labor en el mundo es aliviar el dolor de la humanidad, ya sea por medios espirituales, con consejos intelectuales, a través de la fuerza de voluntad o por la transferencia física de la enfermedad. Huyendo al superconsciente cuando lo desea, un maestro puede olvidar el sufrimiento físico; a veces elige soportar el dolor corporal estoicamente, como ejemplo para los discípulos. Adoptando las enfermedades de otros, un yogui puede satisfacer por ellos la ley kármica de causa y efecto. Esta ley actúa mecánicamente o matemáticamente; su funcionamiento puede ser manipulado científicamente por un hombre de sabiduría divina.

   La ley espiritual no requiere que un maestro enferme cuando cura a otra persona. Generalmente las curaciones tienen lugar gracias al conocimiento por parte del santo de distintos métodos de curación instantánea, en la que no se produce daño para el sanador espiritual. No obstante, en raras ocasiones, un maestro que desea acelerar mucho la evolución de sus discípulos, puede liberar en su propio cuerpo una gran parte de su karma no deseado.

   Jesús se señaló a sí mismo como redentor de los pecados de muchos. Con sus poderes divinos4, su cuerpo no tenía por qué verse jamás sujeto a la muerte por crucifixión, si no hubiese querido cooperar con la sutil ley cósmica de causa y efecto. Asumió las consecuencias del karma de otros; especialmente de sus discípulos. Así fueron grandemente purificados y estuvieron preparados para recibir la conciencia omnipresente que descendió más tarde sobre ellos.

   Sólo un maestro autorrealizado puede transferir su fuerza vital o transmitir a su cuerpo las enfermedades de los demás. Un hombre corriente no puede utilizar este método yóguico de curación, ni es deseable que lo haga; pues un instrumento físico defectuoso es un obstáculo para la meditación en Dios. Las escrituras hindúes enseñan que el primer deber del hombre es mantener su cuerpo en buenas condiciones; de lo contrario su mente es incapaz de permanecer fija en concentración devocional.

   No obstante, una mente muy fuerte puede superar todas las dificultades físicas y alcanzar la realización en Dios. Muchos santos han ignorado la enfermedad y tenido éxito en la búsqueda divina. San Francisco de Asís, gravemente enfermo, curaba a los demás e incluso los rescataba de la muerte.

   En la India conocí a un santo que en una ocasión tuvo la mitad de su cuerpo cubierto de llagas purulentas. Su diabetes era tan aguda, que en condiciones normales no hubiera podido sentarse y permanecer quieto durante más de quince minutos. Pero su aspiración espiritual era inquebrantable. “Señor”, oraba, “¿no vendrás a este destruido templo?”. Con incesante dominio de la voluntad, el santo poco a poco fue capaz de sentarse diariamente en postura de loto durante dieciocho horas seguidas, absorto en trance extático.

   Me dijo, “Y al cabo de tres años vi que la Luz Infinita brillaba en mi destrozada forma. Gozando del alegre esplendor, olvidé el cuerpo. Más tarde vi que, por medio de la Gracia Divina, se había reconstruido”.

   Existe un suceso histórico de curación que afectó al rey Baber (1483-1530), fundador del Imperio Mogol de la India. Su hijo, el príncipe Humayun, estaba mortalmente enfermo. El padre rezó con angustiosa determinación para recibir la enfermedad y que su hijo fuera perdonado. Cuando todos los médicos habían perdido la esperanza, Humayun se recuperó. Inmediatamente Baber cayó enfermo y murió del mismo mal que había aquejado a su hijo. Humayun sucedió a Baber como Emperador del Indostán.

   Muchas personas creen que todo maestro espiritual tiene, o debería tener, la salud y la fuerza de un Sandow. La suposición es infundada. Un cuerpo enfermo no indica que un gurú no esté en contacto con poderes divinos, del mismo modo que una larga y saludable vida no indica iluminación interior. En otras palabras, las condiciones del cuerpo físico no pueden ser tomadas como prueba de un maestro. Sus títulos distintivos deben buscarse en su propio campo, el espiritual.

   Muchos buscadores occidentales desorientados, creen erróneamente que un orador elocuente o un escritor de metafísica deben ser maestros. Sin embargo, los rishis señalaron que la prueba de fuego de un maestro es la capacidad para entrar a voluntad en el estado sin respiración y mantener ininterrumpidamente el samadhi de nirbikalpa5. Sólo gracias a esos logros puede probar un ser humano que ha “dominado” a maya o la Ilusión Dualística Cósmica. Sólo él puede decir desde las profundidades de la realización: “Ekan sat”, “Sólo existe Uno”.

   “Los Vedas declaran que el hombre ignorante, contento con hacer hasta la más ligera distinción entre el alma individual y el Ser Supremo, está expuesto a peligro”, escribió Shankara, el gran monista. “Donde existe la dualidad a consecuencia de la ignorancia, uno contempla todas las cosas como distintas del Ser. Cuando se contempla todo como el Ser, no existe siquiera un átomo distinto del Ser…

   “Tan pronto como brota el conocimiento de la Realidad, ya no existen acciones pasadas, pertenecientes a la irrealidad corporal, cuyos frutos deban recogerse; del mismo modo que no existe el sueño tras despertar”.

   Sólo los grandes gurús son capaces de asumir el karma de sus discípulos. Sri Yukteswar no hubiera sufrido en Cachemira si no hubiera recibido permiso del Espíritu interior para ayudar a sus discípulos de esa extraña forma. Pocos santos estuvieron jamás más sensiblemente provistos de sabiduría para cumplir las órdenes divinas que mi Maestro sintonizado con Dios.

   Cuando aventuré algunas palabras de compasión por su demacrada figura, mi gurú dijo alegremente:

“Tiene su lado bueno; ¡ahora puedo ponerme algunas ganjis (camisetas) pequeñas que no me servían desde hacía años!”.

   Oyendo la jovial risa del Maestro, recordé las palabras de S. Francisco de Sales: “¡Un santo triste es un triste santo!”.

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1 En la India es una falta de respeto fumar en presencia de alguien de más edad o superior. Volver

2 El plátano oriental. Volver

3 Muchos santos cristianos, incluyendo a Teresa Neumann (ver pág. +), están familiarizados con la transferencia metafísica de la enfermedad. Volver

4 Cristo dijo, justo antes de ser conducido a la crucifixión: “¿Creéis que no puedo orar a mi Padre, que inmediatamente me enviaría más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las escrituras, de que así tiene que suceder?”. Mateo 26:53-54. Volver

5 Ver capitulo 26 y capitulo 43 nota 1. Volver

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