Capítulo 24

Me Ordeno Monje de la Orden Swami

   “Maestro, mi padre está ansioso porque acepte un puesto ejecutivo en el ferrocarril Bengal-Nagpur”. Añadí esperanzado, “Señor, ¿no podría usted hacerme monje de la Orden Swami?”. Miré a mi gurú suplicante. En años anteriores, para probar la profundidad de mi determinación, había rechazado la misma petición. Hoy, sin embargo, sonrió gentilmente.

   “Muy bien; mañana te iniciaré como swami”. Prosiguió con calma, “Me siento feliz de que hayas persistido en tu deseo de ser monje. Lahiri Mahasaya solía decir: ‘Si no invitas a Dios a ser tu huésped durante el verano, no vendrá en el invierno de tu vida”.

   “Querido maestro, jamás vacilaría en mi objetivo de pertenecer a la Orden de los Swamis como usted mismo, a quien reverencio”. Le sonreí con inmenso cariño.

   “Quien no se casa cuida de lo que pertenece al Señor, de cómo complacer al Señor; pero quien se casa cuida de las cosas del mundo, de cómo complacer a su esposa”1. He analizado las vidas de muchos amigos que, después de someterse a cierta disciplina espiritual, se casaron. Lanzados al mar de las responsabilidades mundanas, olvidaron su resolución de meditar profundamente.

   Asignar a Dios un lugar secundario en la vida era, para mí, inconcebible. Aunque Él es el Dueño único del cosmos, que nos colma silenciosamente de dones vida tras vida, hay una cosa que no posee y que todo ser humano, en su corazón, tiene poder para negar o conceder, el amor humano. El Creador, al poner especial cuidado en envolver en un velo de misterio Su presencia en cada átomo de la creación sólo pudo tener un motivo, el íntimo deseo de que los hombres Le busquen únicamente por su libre albedrío. ¡Con qué guante de terciopelo de auténtica humildad no ha cubierto la mano de hierro de la omnipotencia!

   El día siguiente fue uno de los más memorables de mi vida. Recuerdo que era un soleado jueves de Julio, en 1914, pocas semanas después de mi graduación en la universidad. En el corredor de la ermita de Serampore, el Maestro sumergió una pieza de seda blanca en tinte ocre, el color tradicional de la Orden de los Swamis. Cuando la tela se secó, mi gurú me la puso como túnica de renunciante.

   “Algún día irás a Occidente, allí prefieren la seda”, dijo. “Como símbolo, he elegido para ti esta tela de seda en vez del algodón habitual”.

   En la India, donde los monjes abrazan el ideal de pobreza, un swami vestido de seda resulta extraño. No obstante, muchos yoguis utilizan prendas de seda, que mantienen ciertas corrientes corporales sutiles mejor que el algodón.

“Soy reacio a las ceremonias”, señaló Sri Yukteswar. “Te ordenaré swami de la forma bidwat (no ceremoniosa).

   El bibidisa o iniciación solemne en la orden swami, incluye una ceremonia del fuego, durante la cual se realizan ritos funerarios simbólicos. Se representa que el cuerpo físico del discípulo está muerto y es cremado en la llama de la sabiduría. El swami recién ordenado recibe entonces una consigna, tal como “Este atma es Brahma”2 o “Tú eres Eso” o “Yo soy Él”. Sin embargo, Sri Yukteswar, con su amor por la simplicidad, me eximió de todos esos ritos y sencillamente me pidió que eligiera un nuevo nombre.

   “Te concederé el privilegio de escogerlo tú mismo”, dijo sonriendo.

   “Yogananda”, respondí, tras pensarlo un momento. El nombre significa literalmente “Dicha (ananda) por medio de la unión divina (yoga)”.

   “Así sea. Abandonando tu nombre de familia de Mukunda Lal Ghosh, de ahora en adelante te llamarás Yogananda, de la rama Giri de la Orden de los Swamis”.

   Cuando me arrodillé ante Sri Yukteswar y le oí pronunciar por primera vez mi nuevo nombre, mi corazón rebosó de gratitud. ¡Qué incansable y amorosamente había trabajado para que el chico Mukunda se transformara un día en el monje Yogananda! Entoné lleno de alegría algunos versos del largo canto sánscrito del Señor Shankara:

   “Ni mente, ni intelecto, ni ego, ni sentimiento;
   Ni cielo, ni tierra, ni metal soy.
   ¡Soy Él, soy Él, Espíritu Bendito, soy Él!
   Ni nacimiento, ni muerte, ni casta tengo;
   Padre, madre, no poseo.
   ¡Soy Él, soy Él, Espíritu Bendito, soy Él!
   Más allá de las ilusiones, sin forma soy,
   Presente en todas las manifestaciones de la vida;
   No temo la esclavitud; soy libre, siempre libre,
   ¡Soy Él, soy Él, Espíritu Bendito, soy Él!”

   Todo swami pertenece a la antigua orden monástica que fue organizada en los tiempos actuales por Shankara3. Dado que se trata de una orden formal, con una línea ininterrumpida de representantes santos sirviendo de líderes activos, ningún hombre puede darse a si mismo el título de Swami. Sólo se recibe legítimamente de otro swami; de esta forma todos los monjes siguen el linaje espiritual de un gurú común, el Señor Shankara. En virtud de los votos de pobreza, castidad y obediencia al maestro espiritual, muchas órdenes monásticas cristianas se asemejan a la Orden de los Swamis.

   Además de un nombre nuevo, generalmente terminado en ananda, el swami toma un título que indica su conexión formal con una de las diez subdivisiones de la Orden Swami. Estos dasanamis o denominaciones incluyen la Giri(montaña), a la que pertenecemos Sri Yukteswar y yo. Entre las demás ramas están la Sagar (mar), Bharati (campo), Aranya (bosque), Puri (territorio), Tirtha (lugar de peregrinación) y Saraswati (sabiduría de la naturaleza).

   Por tanto el nuevo nombre recibido por un swami tiene un doble significado; representa el logro de la dicha suprema (ananda) a través de alguna cualidad o estado divino, amor, sabiduría, devoción, servicio, yoga y a través de la armonía con la naturaleza, que se expresa en la infinita vastedad de los océanos, las montañas, los cielos.

   El ideal de servicio desinteresado a la humanidad y de renuncia a los vínculos y ambiciones personales, conduce a la mayoría de los swamis a dedicarse activamente al trabajo humanitario o educativo en la India o, a veces, en otros países. Ignorando todo prejuicio de casta, credo, clase, color, sexo o raza, un swami sigue los preceptos de la fraternidad humana. Su meta es la unidad total con el Espíritu. Empapando su conciencia, soñando y despierto, con el pensamiento “Yo soy Él”, vaga contento por el mundo, pero no en él. Sólo así puede justificar su título de swami, quien busca alcanzar la unión con el Swa o Ser. No es necesario añadir que no todos los que poseen el título formal de swami tienen el mismo éxito en el logro de su elevada meta.

   Sri Yukteswar era tanto un swami como un yogui. Un swami, formalmente monje en virtud de su conexión con la antigua orden, no siempre es un yogui. Todo el que practica una técnica científica de contacto con Dios, es un yogui; puede estar casado o soltero, ser un hombre del mundo o tener vínculos religiosos formales. Un swami quizá siga únicamente el árido sendero del razonamiento, de la fría renuncia; pero un yogui se entrega a un procedimiento definitivo por el que, paso a paso, la mente y el cuerpo se disciplinan y el alma se libera. No dando nada por sentado en el terreno emocional o en el de la fe, un yogui practica una serie de ejercicios rigurosamente comprobados, que fueron elaborados originalmente por los primeros rishis. El yoga ha producido en la India, en todas las épocas, hombres que llegaron a ser realmente libres, auténticos Cristo-Yoguis.

   Como cualquier otra ciencia, el yoga es aplicable a personas de cualquier época y latitud. La teoría propuesta por ciertos escritores ignorantes, de que el yoga es “inadecuado para los occidentales”, es totalmente falsa y lamentablemente ha impedido que muchos estudiantes sinceros busquen sus múltiples bendiciones. El yoga es un método gracias al cual se dominan las turbulencias naturales de los pensamientos, que impiden a todos los hombres, con absoluta imparcialidad, vislumbrar su auténtica naturaleza como Espíritu. El yoga no puede conocer barreras entre Oriente y Occidente, como no las conoce la curativa y equitativa luz del sol. Mientras el hombre posea una mente llena de pensamientos agitados, existirá una necesidad universal del yoga o control.

Lord Shiva

   El antiguo rishi Patanjali define el “yoga” como “control de las fluctuaciones de la mente”4. Su corta y magistral exposición, los Yoga Sutras, forma uno de los seis sistemas de la filosofía hindú5. En contraste con las filosofías occidentales, los seis sistemas hindúes comprenden no sólo enseñanzas teóricas, sino también prácticas. Además de todos los interrogantes ontológicos imaginables, los seis sistemas formulan seis claras disciplinas destinadas a eliminar el sufrimiento de forma permanente y a alcanzar la dicha eterna.

   El hilo común que une a los seis sistemas es la afirmación de que para el hombre no puede existir auténtica libertad sin el conocimiento de la Realidad fundamental. Los Upanishads posteriores sostienen que, entre los seis sistemas, los Yoga Sutras contienen los métodos más eficaces para alcanzar la percepción directa de la verdad. Por medio de la práctica de las técnicas del yoga, el hombre deja definitivamente atrás los estériles reinos de la especulación y conoce por experiencia propia la verdadera Esencia.

   El sistema Yoga, tal como lo trazó Patanjali, se conoce como el Sendero Óctuple. Los primeros pasos, (1) yama y (2) niyama, requieren la observancia de diez principios morales positivos y negativos: evitar hacer daño a los demás, mentir, robar, la falta de moderación y el recibir dádivas (lo que crea obligaciones); y pureza corporal y mental, contentamiento, auto disciplina, auto estudio y devoción a Dios.

   Los siguientes pasos son: (3) asana (postura correcta), para meditar la columna vertebral debe mantenerse recta y el cuerpo firme en una posición cómoda; (4) pranayama (control del prana, corrientes vitales sutiles) y (5) pratyahara (retirar los sentidos de los objetos externos).

   Los últimos pasos constituyen el yoga propiamente dicho: (6) dharana (concentración), mantener la mente en un único pensamiento; (7) dhyana (meditación) y (8) samadhi (percepción superconsciente). Éste es el Sendero Óctuple del Yoga6, que conduce a la meta final de Kaivalya (El Absoluto), un término que se entiende mejor expresado como “comprensión de la Verdad que está más allá de la aprehensión intelectual”.

   “¿Quién es más grande?”, se puede preguntar, “¿un swami o un yogui?”. Cuando se alcanza la unión final con Dios, las diferencias entre los distintos senderos desaparecen. No obstante, el Bhagavad Gita señala que los métodos del yoga lo abarcan todo. Sus técnicas no son únicamente para ciertos tipos y temperamentos, por ejemplo para quienes tienen inclinación por la vida monástica; el yoga no exige una lealtad formal. Puesto que la ciencia del yoga satisface una necesidad universal, es de aplicación universal.

   Un yogui auténtico puede seguir diligentemente en el mundo; en él es como la mantequilla en el agua y no como la fácilmente soluble leche de la humanidad agitada e indisciplinada. Cumplir las responsabilidades que se tienen en la tierra es realmente el sendero más elevado, con tal de que el yogui, sin involucrarse mentalmente en los deseos del ego, juegue su papel como un servicial instrumento de Dios.

   Actualmente, tanto en América como en Europa y otros países no hindúes, viven muchas grandes almas que, si bien nunca han oído las palabras yogui y swami, son verdaderos ejemplos de estos términos. A través de su servicio desinteresado a la humanidad o de su dominio de las pasiones y los pensamientos o de su sincero amor a Dios, o a través de su gran poder de concentración, son, en cierto sentido, yoguis; se han fijado la meta del yoga, auto control, la cual hace posible dirigir con más consciencia la mente y la vida.

   El Yoga ha sido mal comprendido por ciertos escritores occidentales, pero sus críticos jamás han sido personas que lo practican. Entre los muchos tributos serios que se han hecho al yoga, puede mencionarse uno del Dr. C. G. Jung, el famoso psicólogo suizo.

   “Cuando un método religioso se recomienda a sí mismo como ‘científico’, puede estar seguro de encontrar público en Occidente. El Yoga satisface estas expectativas”, escribe el Dr. Jung  7 “Aparte del encanto de lo nuevo y la fascinación por lo que se entiende a medias, existe una buena razón para que el Yoga tenga muchos partidarios. Ofrece la posibilidad de la experiencia controlable y satisface así la necesidad científica de ‘hechos’ y, además, por su amplitud y profundidad, su venerable edad, su doctrina y método, que incluye todas las etapas de la vida, promete posibilidades no soñadas.

   “Toda práctica religiosa o filosófica supone disciplina psicológica, es decir, un método de higiene mental. Los múltiples y puramente corporales procedimientos del Yoga,8 implican también una higiene psicológica que es superior a los ejercicios de gimnasia y respiración corrientes, ya que no son solamente mecánicos y científicos, sino también filosóficos; en su entrenamiento de las partes del cuerpo, las une con el espíritu total, como queda claro, por ejemplo, en los ejercicios de Pranayama, en los que Prana es a la vez la respiración y la dinámica universal del cosmos.

   “Cuando lo que hace el individuo es también un acontecimiento cósmico, el efecto experimentado en el cuerpo (el sistema nervioso), se une a la emoción del espíritu (la idea universal) y se desarrolla así una vívida unión entre ambos que ninguna técnica, ni siquiera científica, puede lograr. La práctica del Yoga es impensable y será también inútil, sin los conceptos en que se basa el Yoga. Combina lo corporal y lo espiritual de una forma absolutamente única.

   “En Oriente, donde se han desarrollado estas ideas y prácticas y donde varios miles de años de tradición ininterrumpida han creado los necesarios cimientos espirituales, es, como creo en verdad, el método perfecto y adecuado para fundir cuerpo y mente de forma que constituyan una unidad que apenas puede ponerse en duda. Esta unidad crea una disposición psicológica que posibilita la formación de intuiciones que transcienden la conciencia”.

   En Occidente está cercano el día en que la ciencia interior del auto control se considere tan necesaria como la conquista exterior de la naturaleza. Esta nueva Era Atómica verá la mente humana abrirse y ampliarse gracias a la nueva verdad científicamente indiscutible de que la materia es en realidad energía concentrada. Las sutiles fuerzas de la mente humana pueden y deben liberar una energía mayor que la contenida en las piedras y los metales, a menos que el gigante atómico desatado recientemente se vuelva contra el mundo en una destrucción sin sentido.9

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I Corintios 7:32-33. Volver

Literalmente “Este alma es Espíritu”. El Espíritu Supremo, el No-creado, no está condicionado por nada (neti, neti, no esto, no aquello), pero en Vedanta suele hacerse referencia a él como Sat-Chit-Ananda, esto es, Ser-Inteligencia-Dicha. Volver

A veces se le llama Shankaracharya. Acharya significa “maestro religioso”. La datación de Shankara es centro de las usuales disputas eruditas. Algunos documentos indican que el incomparable monista vivió entre los años 510-478 a.C.; los historiadores occidentales lo sitúan al final del siglo VIII d.C. Los lectores interesados en la famosa exposición de Shankara Brahma Sutras, encontrarán una cuidada traducción al inglés del Dr. Paul Deussen: System of the Vedanta (Chicago: Open Court Publishing Company, 1912). Pueden encontrarse extractos de sus escritos en Selected Works of Sri Shankaracharya (Natesan & Co., Madrás). Volver

Chitta vritti nirodha”, Yoga Sutra I:2. La datación de Patanjali es desconocida, aunque algunos eruditos lo sitúan en el siglo II a.C. Los rishis han elaborado tratados en todos los temas con tal percepción, que el tiempo no ha podido pasarlos de moda; no obstante, para consternación de los historiadores, los sabios no han hecho ningún esfuerzo por agregar sus datos personales a sus obras literarias. Sabían que sus vidas tenían sólo una importancia pasajera, como destellos de una gran Vida infinita; y que la verdad es intemporal, no lleva marca de fábrica y no es posesión privada de nadie. Volver

Los seis sistemas ortodoxos (saddarsana) son: Sankhya, Yoga, Vedanta, Mimansa, Nyaya y Vaisesika. Los lectores con tendencias eruditas, se deleitarán con las sutilezas y el amplio alcance de estas formulaciones, resumidas, en inglés, en History of Indian Philosophy, Vol. I, del Prof. Surendranath DasGupta (Cambridge University Press, 1922). Volver

No debe confundirse con el “Noble Sendero Óctuple” del Budismo, una guía de conducta humana, que es como sigue: (1) Ideales correctos, (2) Móvil correcto, (3) Velocidad adecuada, (4) Acción correcta, (5) Medios de sustento correctos, (6) Esfuerzo adecuado, (7) Recuerdo correcto, (8) Realización correcta (samadhi). Volver

El Dr. Jung asistió al Indian Science Congress en 1937 y recibió un título honorífico de la Universidad de Calcuta. Volver

El Dr. Jung está refiriéndose aquí al Hatha Yoga, una rama específica de posturas corporales y técnicas para la curación y la longevidad. El Hatha es útil y produce resultados físicos espectaculares, pero esta rama del yoga es poco utilizada por los yoguis orientados a la liberación espiritual. Volver

9 Platón, en su historia sobre la Atlántida, Timeo, habla del avanzado estado de los conocimientos científicos de sus habitantes. Se cree que el continente perdido desapareció alrededor del año 9500 a.C. a consecuencia de un cataclismo natural; no obstante, algunos escritores metafísicos afirman que los habitantes de la Atlántida fueron destruidos como resultado de su mal uso de la energía atómica. Recientemente, dos escritores franceses han recopilado una Bibliografía sobre la Atlántida, recogiendo más de 1700 referencias históricas y de otras clases. Volver

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