Capítulo 33

Babaji, el Cristo-Yogui de la India Moderna

   Los riscos de la zona Norte del Himalaya, cerca de Badrinarayan, todavía están bendecidos por la presencia viva de Babaji, gurú de Lahiri Mahasaya. El recluido maestro ha retenido su forma física durante siglos, quizá milenios. El inmortal Babaji es un avatara. Esta palabra sánscrita significa “descenso”; sus raíces son ava, “abajo” y tri, “pasar”. En las escrituras hindúes, avatara significa el descenso de la Divinidad a la carne.

   “El estado espiritual de Babaji está más allá de la comprensión humana”, me explicó Sri Yukteswar. “La estrecha visión humana no puede llegar hasta su trascendental estrella. Es en vano imaginar siquiera las conquistas del avatar. Son inconcebibles”.

   Los Upanishads han clasificado minuciosamente cada una de las etapas del avance espiritual. Un siddha (“ser perfecto”) ha progresado desde el estado de jivanmukta (“liberado mientras vive”) al de paramukta (“liberado absolutamente”, con total poder sobre la muerte); el último ha escapado por completo de la esclavitud de maya y su rueda de reencarnaciones. Por ello el paramukta raramente regresa a un cuerpo físico; si lo hace, es un avatar, un medio señalado por la divinidad para traer supremas bendiciones al mundo.

   Un avatar no está sujeto a la economía universal; su cuerpo puro, visible como una luminosa imagen, está libre de deudas con la naturaleza. Una mirada casual quizá no vea nada extraordinario en la figura de un avatar, pero puede no proyectar sombra ni dejar huella en el suelo. Éstas son pruebas simbólicas externas de la carencia de oscuridad interior y de esclavitud a la materia. Sólo un hombre de Dios tal conoce la verdad que existe tras las relatividades de la vida y la muerte. Omar Khayyam, tan burdamente incomprendido, cantó a este hombre liberado en su inmortal escrito, los Rubaiyat;

   “Ah, Luna de mi Deleite que no conoce menguante,

   La Luna del Cielo sale una vez más;

   Con qué frecuencia, a partir de ahora, me buscará al salir

   Por este mismo Jardín, ¡en vano!”

   La “Luna de Deleite” es Dios, eterna estrella polar que nunca pasa. La “Luna del cielo” es el cosmos exterior, encadenado a la ley de reaparición periódica. Sus cadenas se disolvieron para siempre para el profeta persa gracias a su autorrealización. “Con qué frecuencia, a partir de ahora, me buscará al salir… ¡en vano!”. ¡Qué frustrante para un universo frenético buscar la supresión absoluta!

   Cristo expresó de otra forma su libertad; “Y llegó cierto escriba y le dijo, Señor, te seguiré allí a donde vayas. Y Jesús le dijo, Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del aire tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reposar la cabeza”1.

   Dotado de omnipresencia, ¿a dónde se podría seguir a Cristo excepto al Espíritu absoluto?

   Krishna, Rama, Buddha y Patanjali figuran entre los antiguos avatares de la India. Alrededor de Agastya, un avatar del Sur de la India, se ha desarrollado una considerable literatura poética en tamil. Realizó muchos milagros durante los siglos que precedieron y siguieron a la era cristiana, y se cree que ha retenido su forma física hasta hoy.

   La misión de Babaji en la India ha consistido en ayudar a los profetas a llevar a cabo sus designios especiales. Esto hace que las escrituras le califiquen de Mahavatar (Gran Avatar). Declaró que él había dado la iniciación en yoga a Shankara, el antiguo fundador de la Orden de los Swamis, y a Kabir, el famoso santo medieval. En el siglo XIX su principal discípulo fue, como sabemos, Lahiri Mahasaya, quien revitalizó el perdido arte de Kriya.

   El Mahavatar está en comunión constante con Cristo; juntos envían sus vibraciones de redención y han diseñando la técnica de salvación espiritual para esta era. La tarea de estos dos maestros plenamente iluminados –uno con el cuerpo y otro sin él- es inspirar a las naciones a abandonar las guerras suicidas, los odios raciales, los sectarismos religiosos y los contraproducentes males del materialismo. Babaji es plenamente consciente de las tendencias de los tiempos actuales, especialmente de la influencia y complejidad de la civilización occidental y comprende la necesidad de expandir la auto-liberación del yoga tanto en Oriente como en Occidente.

C33Babaji

   No debe sorprendernos que no existan referencias históricas a Babaji. El gran gurú no se ha mostrado nunca abiertamente, en ningún siglo; los tergiversadores focos de la publicidad no entran en sus planes milenarios. Al igual que el Creador, el único pero silencioso Poder, Babaji actúa en una humilde oscuridad.

   Los grandes profetas como Cristo y Krishna vienen a la tierra con un objetivo específico y espectacular; parten tan pronto como lo han cumplido. Otros avatares, como Babaji, emprender labores que se relacionan más con el lento progreso evolutivo del hombre a lo largo de los siglos, que con un acontecimiento histórico excepcional. Tales maestros se ocultan siempre del gran público y tienen el poder de hacerse invisibles a voluntad. Por estas razones y porque generalmente ordenan a sus discípulos que mantengan silencio respecto a ellos, algunas elevadísimas figuras espirituales permanecen desconocidas del mundo. En estas páginas sobre Babaji doy simplemente una idea de su vida, sólo algunos hechos que él juzga adecuado y de utilidad transmitir públicamente.

   Sobre Babaji no se han descubierto jamás ese tipo de hechos restrictivos, tan queridos por los cronistas, que se refieren a la familia o el lugar de nacimiento. Normalmente habla en hindi, pero se comunica fácilmente en cualquier lengua. Ha adoptado el sencillo nombre de Babaji (venerado padre); otros títulos de respeto que le ha conferido Lahiri Mahasaya son Mahamuni Maharaj (santo del éxtasis supremo), Maha Yogui (el más grande de los yoguis), Trambak Baba y Shiva Baba (títulos de avatares de Shiva). ¿Tiene alguna importancia que no conozcamos el patronímico de un maestro liberado en la tierra?

“Quien pronuncia con reverencia el nombre de Babaji”, dijo Lahiri Mahasaya “ese devoto atrae una bendición espiritual instantánea”.

   El gurú inmortal no muestra en su cuerpo señales del paso del tiempo; aparenta ser un joven de veinticinco años. De piel clara, talla y peso medio, la belleza de Babaji, de cuerpo fuerte, irradia un perceptible resplandor. Sus ojos son oscuros, tranquilos y tiernos; su largo y brillante pelo es de color cobrizo. Un hecho extraño es que Babaji guarda un parecido extraordinario con su discípulo Lahiri Mahasaya. La similitud es tan notable, que, en sus últimos años, Lahiri Mahasaya podía haber pasado por el padre del aparentemente joven Babaji.

   Swami Kebalananda, mi santo profesor de sánscrito, pasó algún tiempo con Babaji en el Himalaya.

   “El maestro sin par se trasladaba con su grupo de un sitio a otro por las montañas”, me contó Kebalananda. “En su pequeño grupo había dos discípulos americanos altamente avanzados. Cuando Babaji ha estado en una localidad durante algún tiempo, dice: ‘Dera danda uthao’ (‘Levantemos nuestro campo y báculo’). Lleva un danda simbólico (bastón de bambú). Sus palabras son la señal para trasladarse instantáneamente con su grupo a otro lugar. No siempre emplea este método de viaje astral; a veces se desplaza a pie de cumbre en cumbre.

   “Babaji sólo puede ser visto o reconocido por los demás cuando lo desea. Se sabe que se ha aparecido a diversos devotos de muchas formas ligeramente distintas, a veces sin barba y bigote y a veces con ellos. Como, al no deteriorarse su cuerpo, no necesita alimento, el maestro apenas come. Cuando visita a los discípulos, a veces acepta, por cortesía, frutas o arroz cocido en leche y mantequilla clarificada.

   “Conozco dos episodios sorprendentes de la vida de Babaji”, continuó Kebalananda. “Una noche, sus discípulos estaban sentados alrededor de un gran fuego que se había encendido para una ceremonia védica sagrada. De pronto el maestro cogió un leño encendido y con él golpeó ligeramente el hombro desnudo de un chela que estaba cerca del fuego.

   “‘¡Señor, qué cruel!’”. Fue Lahiri Mahasaya, que estaba presente, quien hizo esta protesta.

   “‘¿Preferirías haberle visto arder hasta convertirse en cenizas ante tus ojos, tal como había decretado su karma pasado?’.

   “Diciendo estas palabras Babaji puso sus manos sanadoras sobre el hombro desfigurado del chela. ‘Esta noche te he liberado de una muerte dolorosa. La ley kármica ha sido satisfecha gracias a tu pequeño sufrimiento por el fuego’.

   “En otra ocasión el sagrado círculo de Babaji se vió alterado por la llegada de un extranjero. Había escalado con asombrosa habilidad la cornisa casi inaccesible donde se encontraba el campo del maestro.

   “‘Señor, usted debe ser el gran Babaji’. El rostro del hombre estaba iluminado por una indescriptible reverencia. ‘Le he buscado incesantemente durante meses entre estos imponentes riscos. Le suplico que me acepte como discípulo’.

   “Como el gran gurú no respondió, el hombre señaló al abismo que se abría a sus pies.

   “‘Si me rechaza me tiraré desde esta montaña. La vida ya no tiene valor si no puedo conseguir su guía a la Divinidad’.

   “‘Entonces salta’, dijo Babaji impasible. ‘No puedo aceptarte en tu actual estado de desarrollo’.

   “El hombre se arrojó inmediatamente a la sima. Babaji ordenó a los conmocionados discípulos que trajeran el cuerpo del desconocido. Cuando volvieron con la forma mutilada, el maestro colocó su divina mano sobre el hombre muerto. ¡Y he aquí que éste abrió los ojos y se postró humildemente ante el omnipotente maestro!

   “‘Ahora estás preparado para ser mi discípulo’. Babaji sonreía radiante al chela resucitado. ‘Has pasado con valentía una difícil prueba. La muerte no volverá a afectarte; ahora eres uno de nuestro rebaño inmortal’. Después pronunció sus palabras de partida usuales, ‘Dera danda uthao’; todo el grupo desapareció de la montaña”.

   Un avatar vive en el Espíritu omnipresente; para él no existe la ley de proporcionalidad inversa al cuadrado de la distancia. Por tanto sólo puede haber una razón para que Babaji mantenga su forma física de siglo en siglo: el deseo de proporcionar a la humanidad un ejemplo concreto de sus propias posibilidades. Si al hombre no se le concediera un atisbo de la Divinidad encarnada, permanecería oprimido por el pesado engaño, creado por maya, de que no puede trascender su mortalidad.

   Jesús conocía desde el principio la secuencia de su vida; pasó por todos los acontecimientos, no para sí mismo, no por obligación kármica, sino únicamente para la elevación de los seres humanos reflexivos. Sus cuatro discípulos cronistas –Mateo, Marcos, Lucas y Juan– registraron el inefable drama para beneficio de las generaciones posteriores.

   Para Babaji, por ejemplo, no existen las relatividades de pasado, presente y futuro; ha conocido desde el comienzo todas las fases de su vida. Sin embargo, acomodándose a la limitada comprensión de los hombres, ha representado muchos de los actos de su vida divina en presencia de uno o más testigos. Así sucedió que un discípulo de Lahiri Mahasaya estaba presente cuando Babaji consideró que había llegado el momento de proclamar la posibilidad de la inmortalidad corporal. Hizo esta promesa ante Ram Gopal Muzumdar, para que pudiera ser conocida para inspiración de los demás corazones que buscan. Los grandes pronuncian sus palabras y participan en el curso aparentemente natural de los hechos, únicamente por el bien del hombre, tal como dijo Cristo: “Padre… sabía que me escuchas siempre: pero lo dije por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”2.

   Cuando visité a Ram Gopal, “el santo que no duerme”3, en Ranbajpur, me relató la asombrosa historia de su primer encuentro con Babaji.

   “A veces dejaba mi solitaria cueva para sentarme a los pies de Lahiri Mahasaya en Benarés”, me contó Ram Gopal. “En una ocasión, a medianoche, mientras meditaba en silencio con un grupo de sus discípulos, el maestro me hizo una petición sorprendente.

   “‘Ram Gopal’, dijo, ‘vete ahora mismo al ghat de baño de Dasasamedh’.

   “Llegué enseguida al solitario lugar. La noche estaba iluminada por la luz de la luna y el brillo de las estrellas. Después de estar sentado en paciente silencio durante un tiempo, mi atención se dirigió a una enorme losa de piedra que había a mis pies. Se levantó poco a poco, dejando al descubierto una cueva subterránea. Mientras la piedra permanecía en equilibrio de alguna forma desconocida, la figura de una mujer joven e indescriptiblemente bella salió levitando de la cueva, elevándose por el aire. Rodeada de un suave halo, descendió despacio frente a mí y se quedó inmóvil, embebida en un estado de éxtasis interior. Finalmente se movió y habló dulcemente.

   “‘Soy Mataji4, la hermana de Babaji. Le he pedido a él y a Lahiri Mahasaya que vengan a mi cueva esta noche para tratar un asunto de gran importancia’.

   “Una luz vaga llegó flotando rápidamente sobre el Ganges; la extraña luminiscencia se reflejaba en las opacas aguas. Se acercó cada vez más, hasta que, con un destello cegador, apareció al lado de Mataji y se condensó instantáneamente en la forma humana de Lahiri Mahasaya. Éste se inclinó humildemente a los pies de la mujer santa.

   “Antes de que me hubiera recuperado de mi perplejidad, me asombré todavía más al contemplar una masa circular de luz mística que viajaba por el cielo. Descendiendo velozmente, el encendido remolino se acercó a nuestro grupo y se materializó en el cuerpo de un hermoso joven, quien de inmediato comprendí que era Babaji. Se parecía a Lahiri Mahasaya, la única diferencia era que Babaji aparentaba ser mucho más joven y tenía pelo largo y brillante.

   “Lahiri Mahasaya, Mataji y yo mismo, nos arrodillamos a los pies del gurú. Una etérea sensación de gozo beatífico estremeció cada fibra de mi ser cuando toqué su divina carne.

   “‘Bendita hermana’, dijo Babaji, ‘tengo intención de dejar mi forma y sumergirme en la Corriente Infinita’.

   “‘Ya he vislumbrado tu proyecto, amado maestro. Quiero discutirlo contigo esta noche. ¿Por qué dejar tu cuerpo?’. La espléndida mujer le miraba con aire de súplica.

   “‘¿Qué más da que utilice una ola visible o invisible del océano de mi Espíritu?’.

   “Mataji respondió con un destello de agudeza poco corriente. ‘Inmortal gurú, si da lo mismo, entonces, por favor, no renuncies jamás a tu forma’5.

   “‘Que sea así’, dijo Babaji solemnemente. ‘No dejaré nunca mi cuerpo físico. Permaneceré siempre visible, al menos para un pequeño número de personas de esta tierra. El Señor ha expresado Su deseo por tus labios’.

   “Como yo escuchaba con temor reverencial la conversación entre estos elevados seres, el gran gurú se volvió hacia mí con aire benévolo.

   “‘No temas, Ram Gopal’, dijo, ‘es para ti una bendición ser un testigo en la escena de esta promesa inmortal’.

   “Cuando la dulce melodía de la voz de Babaji se apagó, su forma y la de Lahiri Mahasaya levitaron lentamente y se alejaron de nuevo sobre el Ganges. Un aura de luz deslumbrante envolvió sus cuerpos mientras desaparecían en el cielo nocturno. La forma de Mataji flotó y descendió a la cueva; la losa de piedra se cerró sola, como por la acción de una palanca invisible.

   “Infinitamente inspirado, me encaminé a casa de Lahiri Mahasaya. Al inclinarme ante él con el primer amanecer, mi gurú me dirigió una sonrisa de entendimiento.

   “‘Me alegro por ti, Ram Gopal’, dijo. ‘Tu deseo de conocer a Babaji y Mataji, que con frecuencia me habías expresado, finalmente se ha visto cumplido de una forma sagrada’.

   “Mis condiscípulos me informaron de que Lahiri Mahasaya no se había movido del estrado desde las primeras horas de la tarde anterior.

   “‘Después de que te marcharas para el ghat de Dasasamedh, dio una maravillosa charla sobre la inmortalidad’, me contó uno de los chelas. Por primera vez comprendí totalmente la verdad de los versos de las escrituras, que afirman que el hombre de autorrealización puede aparecer en distintos lugares, en dos o más cuerpos, al mismo tiempo.

   “Lahiri Mahasaya me explicó más tarde muchas cuestiones metafísicas relativas a los ocultos planes divinos para esta tierra”, terminó Ram Gopal. “Babaji ha sido elegido por Dios para permanecer en su cuerpo durante este ciclo del mundo. Los distintos periodos vendrán y se irán, pero el inmortal maestro6, contemplando el drama de los siglos, estará presente en esta etapa de la tierra”.

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1 Mateo 8:19-20. Volver

2 Juan 1:41-42. Volver

3 El yogui omnipresente que observó que yo no me inclinaba ante el altar de Tarakeswar (capítulo 13). Volver

4 “Madre Santa”. Mataji también ha vivido a través de los siglos; está casi tan avanzada espiritualmente como su hermano. Permanece en éxtasis en una cueva subterránea oculta cerca del ghat Dasasamedh. Volver

5 Este episodio recuerda a uno de Tales. El gran filósofo griego enseñaba que no existe diferencia entre la vida y la muerte. “Entonces”, preguntó un crítico, “¿por qué no se muere usted?”. “Porque”, respondió Tales, “no existe diferencia”. Volver

6 “En verdad, en verdad os digo, aquel que mantiene mi palabra (permaneciendo inquebrantable en la Conciencia Crística), no conocerá la muerte jamás”. Juan 8:51. Volver

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