Capítulo 19

Mi Maestro, en Calcuta, Aparece en Serampore

   “Me siento acosado con frecuencia por dudas ateístas. Pero a veces me obsesiona una torturante conjetura: ¿Existen o no en el alma posibilidades ocultas? ¿No está el hombre dando la espalda a su auténtico destino si deja de investigarlas?”.

   Estas observaciones de Dijen Babu, mi compañero de habitación en la residencia Panthi, surgieron al invitarle a que conociera a mi gurú.

   “Sri Yukteswar te iniciará en Kriya Yoga”, le contesté. “Esto calma la confusión de la dualidad gracias a una divina certeza interior”.

   Aquella tarde Dijen me acompañó a la ermita. En presencia del Maestro mi amigo recibió tal paz espiritual, que pronto fue un visitante asiduo. Al hombre no le basta con las triviales preocupaciones de la vida diaria; la sabiduría es también una sed innata. En las palabras de Sri Yukteswar, Dijen encontró impulso para lanzarse a la empresa, primero dolorosa, después liberadora sin esfuerzo, de encontrar en su interior un ser más real que el humillante ego pasajero, pocas veces lo suficientemente amplio para contener al Espíritu.

   Como Dijen y yo estábamos siguiendo el curso A.B. en el Serampore College, cogimos la costumbre de ir caminando juntos al ashram tan pronto como terminaban las clases. Con frecuencia veíamos a Sri Yukteswar de pie en el balcón del segundo piso, recibiendo nuestra llegada con una sonrisa.

   Una tarde, Kanai, un joven residente en la ermita, nos recibió a Dijen y a mí en la puerta con noticias decepcionantes.

   “El Maestro no está; fue llamado a Calcuta por una nota urgente”.

   Al día siguiente recibí una postal de mi gurú. “Saldré de Calcuta el miércoles por la mañana”, había escrito. “Vete a recibirme con Dijen al tren de las nueve, en la estación de Serampore”.

   Alrededor de las ocho y media del miércoles por la mañana, en mi mente destelló con insistencia un mensaje telepático de Sri Yukteswar: “Me he retrasado, no me esperéis en el tren de las nueve”.

   Transmití las últimas instrucciones a Dijen, que ya estaba vestido para salir.

“¡Tú y tu intuición!”. La voz de mi amigo rozaba el desprecio. “Prefiero creer en la palabra escrita del Maestro”.

   Me encogí de hombros y me senté con total resolución. Refunfuñando, Dijen se dirigió a la puerta y la cerró ruidosamente tras él.

   Como la habitación era bastante oscura, me acerqué a la ventana que daba a la calle. La escasa luz del sol aumentó de pronto hasta convertirse en un intenso resplandor, en el cual la ventana, enrejada con hierro, desapareció por completo. Contra este deslumbrante fondo, ¡apareció claramente materializada la figura de Sri Yukteswar!

   Perplejo casi hasta la conmoción, me levanté de la silla y me arrodillé ante él. Con mi gesto acostumbrado de respetuoso saludo a los pies de mi gurú, toqué sus zapatos. Éstos me eran muy familiares, de lona teñida de naranja y suela de esparto. Su ropa ocre de swami me rozó; sentí claramente, no sólo la textura de su ropa, sino también la rugosa superficie de sus zapatos y la presión de los dedos en su interior. Demasiado asombrado para proferir una palabra, me levanté y le miré interrogante.

   “Me alegro de que recibieras mi mensaje telepático”. La voz del Maestro era tranquila, totalmente normal. “Acabo de terminar mis asuntos en Calcuta y llegaré a Serampore en el tren de las diez”.

   Como yo seguía mirando muda y fijamente, Sri Yukteswar continuó, “Esto no es una aparición, sino mi forma de carne y hueso. La divinidad me ordenó que te proporcionara esta experiencia, rara de conseguir en la tierra. Id a esperarme a la estación; Dijen y tú me veréis dirigirme hacia vosotros vestido tal como lo estoy ahora. Seré precedido por un compañero de viaje, un niño pequeño que llevará una jarra de plata”.

   Mi gurú me puso las manos en la cabeza, murmurando una bendición. Cuando concluyó con las palabras, “Tabe asi”,1 oí un ruido sordo peculiar.2 Su cuerpo comenzó a fundirse gradualmente en la penetrante luz. Primero desaparecieron los pies y las piernas, después el torso y la cabeza, como un manuscrito que se enrolla. Por último sus dedos que descansaban ligeramente en mi pelo. La refulgencia se debilitó; no quedó ante mí sino la ventana enrejada y un pálido hilo de luz del sol.

   Quedé en una especie de estupor, desconcertado, preguntándome si no habría sido víctima de una alucinación. Pronto un cariacontecido Dijen entró en la habitación.

   “El Maestro no estaba en el tren de las nueve, ni en el de las nueve y media”. Me anunció mi amigo con un leve aire de disculpa.

   “Entonces vamos; sé que llegará a las diez”. Cogí a Dijen de la mano y, perdonándole, lo arrastré conmigo sin hacer caso de sus protestas. Al cabo de unos diez minutos entramos en la estación, donde el tren estaba ya parado resoplando. 

   “¡Todo el tren está lleno de la luz del aura del Maestro! ¡Está aquí!”, exclamé feliz.

   “¿Sueñas?”. Dijen se reía burlonamente.

   “Le esperaremos aquí”. Le conté a mi amigo los detalles sobre cómo se acercaría a nosotros nuestro gurú. Cuando terminé mi descripción, apareció Sri Yukteswar, vistiendo la misma ropa que yo había visto poco antes. Caminaba despacio tras un muchachito que llevaba una jarra de plata.

   Por un momento me atravesó una ola de temor frío, ante la extrañeza sin precedentes de mi experiencia. Sentí que el materialista mundo del siglo XX se desprendía de mí; ¿estaba regresando a los antiguos tiempos en que Jesús se apareció a Pedro en el mar?

   Cuando Sri Yukteswar, un Cristo Yogui moderno, llegó al lugar donde Dijen y yo estábamos paralizados sin habla, el Maestro sonrió a mi amigo y comentó:

   “También te envié a ti un mensaje, pero no fuiste capaz de captarlo”.

   Dijen se calló, pero me lanzó una mirada que sospecho era de odio. Después de acompañar a nuestro gurú a su ermita, mi amigo y yo proseguimos hasta el Serampore College. Dijen se paró en la calle, la indignación salía de cada uno de sus poros.

   “¡Bien! ¡El Maestro me envió un mensaje! ¡Pero tú lo encubriste! ¡Exijo una explicación!”.

“¿Tengo yo la culpa si tu espejo mental oscila con tal inquietud que no puedes recoger las instrucciones de nuestro gurú?”. Le repliqué.

   La ira desapareció del rostro de Dijen. “Comprendo a qué te refieres”, dijo tristemente. “Pero, por favor, explícame cómo pudiste saber lo del chico con la jarra”.

   Mi amigo y yo habíamos llegado al Serampore College cuando terminé el relato de la espectacular aparición del Maestro aquella mañana en la residencia.

   “La narración que acabo de oír de los poderes de nuestro gurú”, exclamó Dijen, “me hace sentir que cualquier universidad del mundo no es sino un jardín de infancia”.

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1 El bengalí “Adiós”; literalmente es una paradoja esperanzadora: “Entonces vengo”. Volver

2 El sonido característico de la desmaterialización de los átomos corporales. Volver

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