El Viaje de Jivan

6 de febrero de 2026

La fila para llegar a la puerta se extendía a lo lejos. Mientras cada uno esperaba en la fila con su boleto en la mano, se podían observar varios estados mentales. Algunos estaban emocionados y ansiosos por llegar a su destino y ver que sucedería. Otros, quizás evocando recuerdos dolorosos del pasado, estaban indecisos e inseguros de emprender el viaje. Y otros—aunque eran muy, muy pocos—permanecían con sereno desapego, sabiendo que su deber elegido era ayudar a quienes encontrarían en el destino.

Jivan esperaba su turno con sentimientos encontrados. Parte de él se sentía atraída por la cómoda familiaridad de lo que le esperaba, pero otra parte se sentía insegura, con un vago recuerdo de haber hecho este mismo viaje infructuoso muchas veces antes. Finalmente llegó su turno, y le entregó su boleto al encargado de la puerta.

El encargado, vestido con una simple túnica blanca, miró pensativo a Jivan y dijo, “Déjame revisar tu expediente.” Abrió un cajón que parecía interminable, finalmente encontró el expediente de Jivan, y comenzó a hojearlo rápidamente, página tras página. Por lo que Jivan pudo ver al inclinarse discretamente, casi todas las páginas tenían el sello de “Completado.” Sin embargo, al final del expediente, el encargado hizo una pausa para leer con atención las pocas páginas restantes. Las puso en lo que parecía ser una fotocopiadora, y de ahí salió un manuscrito.

“Aquí tienes tu guion,” dijo el encargado, entregándole a Jivan el documento encuadernado. “En él encontrarás la trama y los diálogos diarios, pero solo los revelará día a día. Buena suerte.”

La puerta se abrió y Jivan la cruzó—solo para contemplar una figura de pie delante de él. Era un ser hermoso, con la piel azul radiante de luz, y una flauta a su lado. Sus ojos brillantes y su sonrisa amable insinuaban una sabiduría infinita y amor eterno.

Jivan se arrodilló instintivamente ante él, y el ser divino lo bendijo con estas palabras: “Así como el ego mantiene intacto el hilo de la autoconsciencia a lo largo de la infancia, la niñez, la juventud y la vejez, también el alma encarnada mantiene su consciencia ininterrumpidamente, no solo a través de las etapas de la vida terrenal, sino también a través de la aparición de los sucesivos cuerpos.” (Gita 2:13)

Concluyó: “Haz del Señor tu refugio, con todo el fervor de tu corazón. Por Su gracia alcanzarás la paz más absoluta, y encontrarás refugio para toda la eternidad.” (Gita 18:62)

Algo aturdido, Jivan subió a la plataforma, con el guion en la mano, y esperó para comenzar su viaje. Al disolverse en la luz del rayo transportador, roles pasados desfilaron ante él. Algunos eran vidas dedicadas a buscar los placeres del mundo; otros estaban llenos de confusión sobre el propósito de la vida; otros dedicados a buscar una felicidad que no se encontraba en este mundo.

Al llegar a su destino, se encontró en casa de unos padres con mentalidad elevada que cuidaban con cariño a su recién nacido. Al principio, el guion diario y sus diálogos eran sencillos: dormir, comer, que lo abrazaran, intentar mover las extremidades, y emitir sonidos ininteligibles.

Con el paso del tiempo, y al entrar en la infancia, la trama se volvió más compleja. Tal y como había dicho el encargado, cada día revelaba su papel: ir a la escuela; jugar con amigos; tratar de obedecer a sus padres. Al llegar a la adolescencia y la adultez temprana, Jivan hizo todo lo posible por desempeñar bien el papel que se le había asignado, aunque se encontró con muchas pruebas y desafíos en el camino.

Entonces, un día, ocurrió algo diferente. Al abrir su manuscrito, apareció una imagen tenue en la página detrás de las palabras: un rostro pequeño, apenas visible al principio. En los días siguientes se hizo más grande y nítido. Era un rostro hermoso con rasgos indios, ojos que denotaban una amorosa comprensión de quién era realmente Jivan, y una promesa silenciosa de guía eterna a lo largo de su viaje.

Desde el momento en que apareció este rostro, tanto la trama como las líneas de diálogos de Jivan comenzaron a cambiar. Ya no eran una reacción a lo que hacían los demás, sino que parecían exclusivamente suyas. Las pruebas que enfrentaba se hicieron más difíciles, y le costó más esfuerzo superarlas. Aún así, sus decisiones estaban guiadas por un propósito más elevado, y una de sus líneas fue algo que nunca esperó decir: “Quiero ser tu discípulo.”

Con el paso del tiempo, Jivan—cuyo nombre significa “el alma encarnada”—se dio cuenta de que el manuscrito que guiaba su vida se acercaba a su fin. Cada página ahora mostraba una imagen más grande de su guía, que cambiaba según lo que se le transmitía, y solo contenía unas pocas palabras para que dijera.

Finalmente, llegó la última página. No contenía ninguna imagen, ni trama, ni palabras, solo una luz calma y expansiva. Con asombro, se preguntó, “¿Es este el final del viaje?”

En ese momento, otra figura apareció ante él. Él también era un ser divino, pero vestido con la sencilla vestimenta de un carpintero. Una vez más, Jivan se arrodilló instintivamente ante el ser cuyos ojos rebosaban de infinita compasión y perdón. Poniendo las manos sobre la cabeza de Jivan, dijo: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí.” (Apocalipsis 3:12)

Luego el rayo del transportador los elevó a ambos a un reino de luz, y todo quedó en silencio.

***

La fila seguía siendo larga mientras la gente esperaba para llegar a la puerta con sus boletos en la mano. La mayoría haría muchos más viajes, pero unos pocos seguirían el viaje de Jivan y “nunca más saldrán de allí.” Porque cuando un alma llega al final del viaje, deja tras de sí un rastro de luz para que otros puedan seguirlo.

Con pensamientos amorosos,

Nayaswami Devi